BIENVENIDOS A DISIENTO. EL BLOG DE DAMIAN MONTAÑO

Algo hay de soberbia al tener un blog, es un espacio de exhibición personal abierto a todo mundo. Cierto, y no lo niego. Pero es, a la vez, una posibilidad de expresar ideas, generar debate y reflexión acerca de temas que muchas veces no son abordados como debiera ser (aunque no creo que aquí se pueda en su totalidad) y esta es mi intención.
Espero que a partir de estas lecturas podamos salir, liberarnos, de la enajenación tan en boga, del materialismo, del consumismo, de la virginidad neuronal y podamos ver el otro lado de algunas cosas que consideramos tan normales o que vemos sólo por encimita. En el último de los casos, me conformo con que sea un lugar pa'l chismorreo rico, del que te dan ganas de seguir en él.
Espero que lo disfruten y cooperen haciendo críticas, aportando datos, discrepando. De hecho, de ahí viene el nombre: DISIENTO, no estoy de acuerdo, pero refuto, cuestiono, pienso.
Ojalá y el objetivo se cumpla.

sábado, marzo 14, 2015

GENEALOGÍAS DE LO LOCAL

Una vez más, heme aquí, compartiendo lo ajeno... esta nota salió publicada en La Jornada, y me gustó su contenido, su reflexión (he de confesar que así me gustaría escribir... en estos momentos destilo envidia ¡jajajaja!). Por ello es que sólo remarco en negritas algunas ideas que considero importantes. Aclaro también que la segunda parte de la nota la omití, no por no ser importante, si no porque, para mis fines, esta primera parte se presta mucho a la reflexión respecto a nuestra forma de vida actual.

GENEALOGÍAS DE LO LOCAL. Ilán Semo

Lo global se estrecha. ¿Qué es hoy día un paraje? Un paraje, una cuadra, la calle en que crecí, la esquina que veo desde la ventana, el edificio de enfrente que se ha robado el cielo son la deriva de una historia subterránea: una historia de obliteración, de sentidos que se contraponen, de enmudecimientos y confrontaciones de una extraña violencia.

Hay un pasado que las maquinarias de la innovación –el vértigo sobre el que descansa el poder– quieren hacernos olvidar: que las ciudades perdidas devastaron al campo, que las colonias bien confinaron a las ciudades perdidas y que la ciudad tumultuosa, ensordecedora, ha devorado todo. El paisaje urbano que recorremos a grandes velocidades o caminando presurosamente, absortos en las multitudes del Metro o ensimismados en las peseras, guarda la semejanza con un espectáculo irreal porque en él se ha evaporado la vida, y ya nada en él parece dar vida. La ciudad ha devenido un laberinto de desiertos y monólogos, islas de monólogos sin eco (como en el poema de Gorostiza), trazadas por la cotidiana prisa de quienes huyen a sus casas.

¿Qué ha sido de lo público?

¿Quién podría, con excepción de algún turista, pasear por las calles de la ciudad sin sucumbir a la sensación de que una violencia acecha? Lo público es hoy un espectáculo cuadriculado, vigilado, construido para ser exhibido y no apropiado. Lo público ha devenido parte de la decoración de los malls, de los nuevos edificios de gobierno que se antojan como fortalezas medievales o búnkers antiaéreos, un lugar donde los únicos que se pasean por sus fríos espacios son los vigilantes, que a su vez son vigilados por las cámaras de otros vigilantes.

No es inexplicable que los paisajes virtuales sean hoy mucho más amables. El iPad, la lap top, la televisión, los audífonos que clausuran a los oídos en sí mismos, representan el sistema de una nueva intimidad. Una intimidad de la absorción, de la clausura de las relaciones que nos entrecruzan con los otros. Un sistema basado en la diseminación del concepto esencial del idiota moderno: aquel que no tiene otro remedio más que resignarse a que el pensamiento y la vida sean considerados como unidades privadas.

Lo local se encuentra hoy en ese sistema de ensimismamiento de la pantalla digital, de la navegación por el Internet, donde los posibles jamás devienen reales, donde la televida ha desplazado a la vida, donde todo es concebible menos actuar. Y es ahí también donde lo local se encuentra con lo global.

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